Reencontrarme con su anhelo. Ese era el destino de mi sangre, que imantada viajaba a lo largo y a lo ancho de un estrecho mundo azul, fugaz, dócilmente inmanejable, violento y terso como la lluvia y el viento.
Busqué mil colores entre los cuáles refugiarme, y me quedé dentro de un naranja más bien rojizo que me hizo un lugar. Eran épocas tiranas, y no era tan sólo una moda, el blanco ya había pasado a la historia, todo era hoy, azul, celeste; las nubes tenían miedo de vestirse con sus ropas limpias, y se las veía siempre andar rápidamente entre tormentas eléctricas o feroces huracanes. Grises y negras. Para los cálidos había quedado tan sólo el firmamento, más allá de la atmósfera, más allá de la estratosfera.